Es innegable que las editoriales han hecho un esfuerzo muy grande (interesado, por supuesto) por facilitar la tarea docente al profesor.
No entraré en el debate sobre si ese elevadísimo gasto de euros anuales podría invertirse en otro material que el centro eligiera como más adecuado para su alumnado.
Lo que sí quiero poner sobre la mesa es que he podido comprobar cómo parece mandar más la editorial que nuestras propias convicciones pedagógicas. Me explico: parece que nos preocupa más terminar el libro de texto que el hecho de haber fomentado más el trabajo cooperativo que el individual, haber logrado crear una buena cohesión del grupo o haber contado con la motivación del alumnado, por ejemplo.
Como libros de consulta creo que los libros de textos son una muy valiosa herramienta; pero si lo usamos para cubrir por completo nuestras programaciones didácticas, los libros de texto pueden llegar a marcarnos unos ritmos frenéticos, incluso asfixiantes.
Bien es cierto que prescindir de los libros de texto implicaría un enorme trabajo de preparación de las clases por parte del docente, sumado ello a toda la carga laboral que de por sí ya tiene. (Lo ideal sería disponer de más horas no lectivas para este fin). En cualquier caso, estoy convencido de que, a corto-medio plazo, se notarían las recompensas: alumnado más motivado, ritmos más tranquilos, aprendizaje más individualizado, actividades más variadas, diversos materiales de consulta y experimentación, etc. Quizá el mayor esfuerzo haya que hacerlo sobre todo al principio; después, ya se contaría con un buen banco de recursos y una buena estructura de la programación didáctica.
