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La muerte

Un familiar desarrolla repentinamente una enfermedad con pronóstico muy grave.

Muere papá, mamá o la abuela.

Solo de pensarlo se nos hace un nudo en el estómago y todo se torna triste y doloroso.

Situaciones en las que nos sentimos desarmados, sin herramientas.

Sin embargo, la muerte es tan antigua como la vida misma.

Su miedo, su duelo y todo lo que ello implica son cuestiones universales.

Pueden surgir mil dudas con respecto a nuestros hijos e hijas: ¿se lo contamos?, ¿le dejamos que vaya al velatorio?, ¿cómo hablo de la muerte?…

He ido observando una progresiva profesionalización en la manera de abordar el fin de la vida.

En mi opinión, nada es más sencillo que la verdad y más eficaz que el abrazo de la comunidad, el cariño de tu gente arropándote, escuchándote, dejándote decidir y haciendo sentirte libre de culpas.

El duelo podrá implicar diversos sentimientos: desorientación, dolor, rabia, culpa, angustia,… es inevitable y parte del proceso. Podemos hacernos con herramientas para afrontar la muerte, pero este hecho, tan doloroso como natural, solo tiene respuesta en algo de la misma naturaleza: el alivio y la ternura de la comunidad humana.

Es echar piedras contra mi propio tejado, la Psicología; pero creo que para que la muerte deje de ser un tabú, hay que sacarla de las consultas y volver a llevarla a las conversaciones en familia, en la escuela, a la observación del ciclo de la vida en la Naturaleza, al apoyo y herramientas que nos ofrece la comunidad.

Morir joven no es bonito. Pero morir en la senectud es un precioso acto de solidaridad para dejar espacio en el planeta Tierra a aquellas personas que están por venir. Si fuéramos inmortales no habría recursos para todos y ahí sí existiría un problema real. La Naturaleza es muy sabia y creo que hay que agradecer tanto la vida como la muerte.

Imagino que ser ateo o creyente podrá marcar una diferencia a la hora de asumir la pérdida de un ser querido.

Los creyentes pensarán que se encontrarán después de la muerte. Los ateos nos la tenemos que arreglar de otras maneras: mantener viva a la persona con nuestros recuerdos, el respeto a su persona, con la continuidad de sus ideas y proyectos o con la religiosidad que nos permitamos tener cuando la pérdida se hace demasiado dolorosa.

En mi opinión, una buena enseñanza que nos da la muerte es saber saborear la vida, sacarle tanto partido como podamos, ayudar a mejorar nuestra especie y dejar nuestro mejor legado: un planeta tan lindo como natural y salvaje.

 

 

 

 


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